Thursday, 12 July 07, 03:32 AM · Comments(0)
Un hecho curioso, de fútbol se escribe muy poco. No me refiero a crónicas deportivas o a noticias, sino a cuentos o ficciones. Quizás sea porque los escritores (yo siempre estereotipando: los negros, las mujeres, los budistas…, los escritores), en su mayoría sedentarios, no le prestan mucha atención al deporte, prefiriendo historias llenas de pasión y aventura que probablemente nunca vivieron; y los futbolistas, en general, leen muy poco y escriben casi nada. Sin embargo, no tiene por que ser así. Yo, por poner un ejemplo, paso la mitad del día frente a las letras ya sean de un libro, un diario o frente a mi pantalla, luchando contra mi propia creación literaria; pero dedico siempre unas horas al deporte que me apasiona, el fútbol. Si hay que definirme en el deporte, soy un entusiasta. Lo practico dos horas los domingos con muchas ganas y escaso talento. Soy mas bien un hincha a muerte de mi equipo local, uno de esos que iba al estadio y alentaba a su equipo (no lo hago más porque vivo en autoexilio en otro país). Alguien que sigue los resultados y las estadísticas y que calcula fríamente que partidos se tienen que ganar por cuál diferencia de goles para poder levantar la copa esta temporada. La memoria, que embellece los recuerdos, es para mí una fuente abundante de material para escribir. Sin embargo, recién hoy me atrevo. Esta es una historia de fútbol.
En la temporada 1996 el entonces técnico de mi equipo, el finado Don Eduardo, trajo a Adrián, un delantero que venía con pergaminos de goleador. El juego fino no era su característica; le pegaba a la pelota con el pie como con la canilla. Sus extremidades inferiores le servían solo para movilizarse. Su virtud estaba en la cabeza, era alto como una sacuara y las ganaba todas por arriba. Don Eduardo sabía esto de antemano y aplicó simples matemáticas. Adrián gana la mitad de las pelotas aéreas que lleguen a destino, y de éstas, mete el veinte por ciento. Entonces tenemos que sacar veintiocho centros por partido, que veinte lleguen donde Adrián, unos diez que agarre, mete dos goles y ganamos todos. El asunto fue tal cual. Nunca antes vi a un equipo jugar para un solo jugador, sin ningún tipo de variantes. Por órdenes del entrenador todo debía terminar en centro buscando la cabeza de Adrián. Era la estrategia hasta tal punto descarada que todos los equipos la conocían y la prensa deportiva atacaba la poca creatividad del equipo de mis amores.
Pero el tipo era un fenómeno. Los rivales, aun conociendo la única herramienta de ataque del equipo, no podian neutralizarla. En la temporada Adrián anotó veinte veces y clasificó al equipo a Copa Libertadores. Adrián se convirtió fugazmente en ídolo de la mitad de los hinchas del equipo (la otra mitad, insensantos, querían que los goles los haga de taquito).
Sin embargo esto no duró mucho. La crisis económica que afectaba al club y el descaro típico de los dirigentes futboleros hicieron que "El Pirata" se vaya por la puerta falsa, azotándola con fuerza, y luego firme por el rival.
Su magia se desvaneció al cambiar de camiseta pues el otro equipo nunca jugaría para un solo jugador y, volviendo a los números, en un partido le sacaban ocho centros, seis le llegaban, ganaba tres y metia un gol cada dos partidos. Nada impresionante.
De todos modos, el recuerdo, siempre embellecido por el tiempo, es el mejor. Gracias Adrián por todos los goles, gracias por cada uno.